miércoles, 25 de noviembre de 2009

THE BLUE DRAGON de Robert Lepage



Cuatro han sido las representaciones de THE BLUE DRAGON que el Festival de Otoño nos ha regalado este año. Tras el éxito de LIPSYNCH el año pasado, no es de extrañar que Madrid acoja la gira mundial que el grupo EX MACHINA, liderado por Robert Lepage, realiza con esta obra. Ya he mencionado en este blog mis expectativas ante esta nueva dosis de teatro visual, cómo disfruté con LIPSYNCH y mi admiración por su director. Hoy confirmo mis sentimientos. No ha surgido la fácil decepción del apasionado. BLUE DRAGON ha demostrado cómo el personal e innovador estilo de Lepage se ha convertido en un punto de inflexión para el teatro contemporáneo, que nunca volverá a ser el mismo y cuya dirección (si existía) de necesaria evolución y desarrollo se ve impulsada desde Canadá, lugar donde los proyectos de EX MACHINA surgen.
THE BLUE DRAGON narra el encuentro entre dos viejos amigos/amantes canadienses en un país, China, y unas circunstancias que impiden que las viejas normas puedan seguir funcionado. Ya no son tan jóvenes y sus deseos han cambiado. Quieren ser madre uno y amante de una joven pintora china el otro. La vida profesional, los deseos de triunfar, de ser artista, de reinventarse en otro país no han llegado a cumplirse y a las puertas de la decepción Pierre y Claire vuelven a compartir su vida.
Aunque la historia es lo suficientemente cercana y contemporánea para conseguir que el espectador se emocione, el teatro de Lepage es un espectáculo inminentemente visual: incluso la palabra nos llega a través de la imagen, pues son los subtítulos proyectados sobre la escenografía (no fuera del espacio dramático como es común) los que nos descubren las diferentes lenguas que se oyen en los escenarios de Lepage, en este caso el inglés y el chino.

THE BLUE DRAGON contiene un espectacular paisaje icónico. La trama narrativa se ve rodeada de imágenes como la de los protagonista haciendo el amor a contraluz en una estrecha buhardilla con la lluvia torrencial asiática al fondo o la nieve que ha cubierto la ciudad de Pekín una mañana de invierno. Gracias a Lepage podemos seguir a los personajes en sus bicis por la capital china, en tren a través de las llanuras de ese inmenso país o en barco por uno de sus mayores ríos. Los personajes de Lepage, y sin duda los de THE BLUE DRAGON también, son seres en continuo movimiento, víctimas muchas veces del mismo. Sus acciones, su drama, ocurre en lugares donde este movimiento se crea: estaciones de metro, aeropuertos, paradas de autobús. La forma en la que Robert Lepage representa estos lugares es una de las principales razones por las que firmemente recomiendo al espectador curioso peregrinar a aquellos lugares donde el director recale.

domingo, 25 de octubre de 2009

LA extraordinaria OMISIÓN DE LA FAMILIA COLEMAN.




La omisión de la familia Coleman.
Libro y dirección: Claudio Tolcachir.
Teatro Español ( Madrid, hasta 1 de noviembre 2009) Teatro Jovellanos (Gijón, 3 de diciembre 2009).

Entrar en el universo de la familia Coleman es instalarse en mitad del salón de un vecino e invisible asistir en silencio a todas las absurdas conversaciones que lo cotidiano crean dentro de un grupo de seres que deben vivir en espacios contiguos. El acertado grupo argentino Timbre 4, y por su puesto su director Claudio Tolcachir, han creado este texto a partir de diferentes improvisaciones realizadas en su espacio-escuela en Buenos Aires. Su argentinismo es palpable, no podría explicarlo sin caer en los prejuicios, pero es este localismo el que hace del drama algo tan universal. Es evidente el enorme trabajo que tanto los actores como el director han realizado en relación con cada personaje. Todos se dibujan profundamente y permanecen en la retina del espectador después de horas de terminada la representación. Son individuos lo suficientemente originales y absurdos para mantener nuestra atención y sorpresa y a la vez su cotidianidad nos hace viajar a lo más profundo de nuestros pasados o presentes, reflejando nuestras propias desdichas.
Sentarse en el salón de la familia Coleman permite asistir a la esencia de las relaciones humanas, con sus miserias y sus alegrías, con lo que fácilmente se intuye el factor terapéutico que la obra ofrece tanto para los actores como para el espectador. Sentarse en el salón de la familia Coleman es oler la humedad de rincones donde hace tiempo que no da el sol, oir gritos, insultos, sentir caricias y ausencia de ellas. Sentarse en el salón de la familia Coleman es volver a sentarse en nuestro propio salón, desnudos, niños, frágiles. Una oportunidad para viajar a salvo a esos momentos en los que somos de nuestra familia y es difícil reconocernos en su ausencia.
Es un espectáculo para ir y dejarse llevar por esa sutil tristeza que se cuela entre las carcajadas de lo absurdo, para disfrutar de actores que tocan lo sublime con un trabajo de pequeños movimientos de manos, de sutiles miradas, un naturalismo afilado y cruel envuelto en el cómodo envoltorio de la comedia. Una oportunidad para vivir otra vida y vivir más profundamente la nuestra.

viernes, 23 de octubre de 2009

Carmen Machi en LA TORTUGA DE DARWIN


El teatro La Abadía en Madrid sabiamente repone la obra La tortuga de Darwin de Juan Mayorga, uno de los autores contemporáneos más prolíficos, más premiados ( ¡Max al mejor autor en tres ocasiones!) y más representados, no hay temporada teatral en la que no contemos con sus textos originales o sus adaptaciones. En esta ocasión Mayorga nos sorprende con un personaje singular: la encargada de hacer discurrir la trama es una tortuga de doscientos años, la tortuga que Charles Darwin trajo a Europa en uno de sus viajes, que ha tenido que evolucionar hasta convertirse en mujer y a la vez contemplar todos los momentos históricos importantes que han marcado Europa durante los últimos dos siglos.
La historia promete, o al menos sorprende y crea en cualquier espectador una curiosidad que sólo se ve saciada al contemplar a Carmen Machi entrar lentamente en escena por primera vez casi al inicio de la obra. Machi es la tortuga de Darwin. Machi es Harriet (ver foto superior). Lo es de verdad. Esta genial actriz ha conseguido, saltando por encima de una televisiva Aida que parecía gigante e imbatible, mutarse en reptil, crear una concha y un pico, desacelerar su metabolismo humano y convencernos a todos los espectadores de que es una tortuga la que sobre el escenario repasa lentamente nuestra historia más reciente. La hora y tres cuartos que dura la obra es una lección de sabia actuación, de conocimiento del poder de un cuerpo de comunicar sensaciones, de uso de los recursos más sutiles que un actor tiene a su alcance para crear mundos y hacernos soñar. Es mágico poder observar una mutación tal que te envuelve en un halo de circo, de triste espectáculo decimonónico con exhibición de bestia incluida. Y en mi opinión todo es fruto del trabajo de Carmen Machi a la que, por desgracia, no le ayudan una escenografía absurda y trivial (yo diría que incluso diseñada por un claro enemigo del autor), unos personajes secundarios estereotipados, una música desconcertante y a veces una trama con peligrosos parecidos a fábulas herederas de Forest Gump: repaso histórico a través de los ojos de un afortunado y omnipresente personaje. Pero no importa, nada importa si podemos oír a la tortuga Harriet hablar, toser y atragantarse con salchichas.



jueves, 8 de octubre de 2009

Don Carlos y Don Calixto Bieito


Durante las dos horas de la representación dos fuerzas han luchado dentro de mi en la versión que el director Calixto Bieito hace de Don Carlos del dramaturgo alemán Friedrich Von Schiller: el aburrimiento de un texto que desde mi punto de vista contiene todos los errores del teatro filosófico-político del XVIII (mi atrevimiento es colosal) y una puesta en escena llena de imágenes cautivadoras que me impedía pedir auxilio a los acomodadores. No puedo decir quién ganó la partida pues creo que en esta lucha no ha habido vencedores debido a la gran fuerza de los dos adversarios.
Si echamos un breve vistazo a la trama de Don Carlos, la cosa puede prometer. El hijo del rey de España, del poderoso Felipe II, está enamorado de su madrastra la reina. Un amor imposible que es vigilado por el monarca, una celosa Princesa de Éboli y la Santa Inquisición. Todo un culebrón. Si esta historia la hubiera fabulado cualquier autor del siglo XVII, un Shakespeare, un Calderón... seguro que no hubiésemos tenido que padecer los largos parlamentos filosóficos que a este Don Carlos le sobran cada dos escenas o al menos estos estarían dirigidos a un público menos intelectual que el que perseguía Schiller.
Pero la obra está ya escrita y su autor honrado como uno de los dramaturgos alemanes más importantes. Mi reflexión sólo vale para explicar mi pesar, cómo no pude llegar a disfrutar totalmente de la dramaturgia tan bien diseñada por Bieito y Marc Rosich. Un ejemplo de esta: el reino de Felipe II se reduce a un invernadero cubierto de sofocantes plásticos. Es esta la imagen principal bajo la que aparecen decenas de visiones surrealistas que nos ayudan a sentir el hedor de la corte española que crece sobre cadáveres y en la que se respira un aire viciado e incestuoso. Las plantas en pequeños tiestos, el príncipe en una jaula, el agua en blancos recipientes de plástico, la reina y sus damas en encorsetados vestidos. Todo está encerrado, sometido a dos figuras: el rey que se pasea por escena en pantalón de pinzas verde(casual look de rico de provincias) y el Gran Inquisidor con su inevitable parecido a su contemporáneo Rouco Varela (dos grandes aciertos del diseñador de vestuario).