
Volver a ver La casa de Bernarda Alba es reencontrarse con el teatro de texto, amarlo de nuevo.
Lorca es grande, no haría falta decirlo, y Lluís Pasqual, el director que en estos momentos lo lleva a escena en Las Naves del Español de Madrid, un valiente al que, como a muchos valientes, en esta ocasión le han fallado las compañías. Dicen que el mayor peligro de un buen conductor es encontrarse con otro buen conductor de frente: Nuria Espert, una Bernarda un tanto oriental, no ha sido nada ágil con el volante en algunas curvas y Paco Azorín, el escenógrafo, no se había leído bien las normas de circulación.
Quisiera que esta reflexión partiera de la premisa de que con un gran texto, un acertado director y varias geniales actrices, sólo se pueden cometer enormes aciertos o colosales errores. Aciertos: Rosa María Sardá, alguna de las hijas (destaca Marta Marco en una Magdalena contenida), un vestuario sin pretensiones innovadoras y una dirección de actrices (las que se dejaron) que mantiene el ritmo y reverencia el texto. De los pocos tropiezos únicamente hablaré de la escenografía, sin cebarme en lo obvio, intentando olvidar la imagen de Nuria Espert en en último acto chillando desde el suelo "Y no quiero llantos" a unas hijas desconcertadas.
La casa de Bernarda Alba tiene más personajes de los que encontramos en el reparto, y no me refiero a Pepe el Romano. El lugar donde las "mujeres sin hombre" deben permanecer encerradas tras la muerde de Don Antonio María Benavides ya es defendido por muchos como el personaje más importante del drama: da título a la obra y es el castillo que realmente Pepe el Romano quiere conquistar. El escenógrafo Paco Azorin ha convertido este mítico espacio en un lugar de paso, un camino estrecho con público a ambos lados que hace de la cárcel una pasarela, del patio encalado una alicatada tienda de Lladro que las criadas no pueden dejar de cubrir con abundante agua, algo, por cierto, que parece obligatorio en cualquier obra que se estrene en La Naves del Español. Definitivamente un gran desacierto que ni la iluminación académica de mañana-mediodía-noche ni un atrezo mínimo logra solucionar.
Ya la elección de convertir la cuarta pared en tercera y colocar el patio de butacas a ambos lados del escenario aparta de la obra el necesario elemento claustrofóbico. El público no puede comprender las quejas de las hijas dentro de un espacio lleno de salidas donde la presencia de los espectadores es a veces más fuerte que la de las propias actrices. Bernarda recorre este espacio como la dueña de una tienda de regalos en Las Ramblas que ha decidido encerrar a sus perezosas empleadas tras un doble escaparate. El patio ha desaparecido, la casa no parece nunca derrumbarse, el calor no es de sol andaluz, de falta de hombre, sino de fluorescente y nerviosas mujeres en fila preocupándose por ser escuchadas por un público a sus espaldas.
2 comentarios:
No puedo estar más de acuerdo con todo lo que has escrito, Juanma, tanto lo referente a lo poco adecuada que es la Espert en ese papel como la escenografía totalmente equivocada, al darle una apertura a la casa muy grande y dejar a las actrices un poco descolocadas. Eso sí, puntualizo una cosa. Lo del agua sí es necesario (aunque no sé si se pasan con ello, que también es verdad), puesto que el calor es uno de los símbolos que utiliza Lorca en la obra para representar la opresión a la que se ven sometidas, y el agua representa una cierta manera de escape, también de la enorme represión sexual.
¡Qué bien que te hayas decidido por hacer este blog! Eso sí, el color de fondo negro simplemente me mata. He tenido líneas blancas en mis ojos durante varios minutos. Ya sé que es más elegante, pero acabaré cieguito y sin poder leerte.
Interesante reflexión lo del escenario, a mi me gustó la idea y creo que quizás la intención fue la de crear esa claustrofobia teniendo público a ambos lados. En mi opinión el efecto no se consiguió no tanto por la colocación del escenario, sino por la iluminación y el blanco que predominaba en toda la puesta en escena.
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