
Durante las dos horas de la representación dos fuerzas han luchado dentro de mi en la versión que el director Calixto Bieito hace de Don Carlos del dramaturgo alemán Friedrich Von Schiller: el aburrimiento de un texto que desde mi punto de vista contiene todos los errores del teatro filosófico-político del XVIII (mi atrevimiento es colosal) y una puesta en escena llena de imágenes cautivadoras que me impedía pedir auxilio a los acomodadores. No puedo decir quién ganó la partida pues creo que en esta lucha no ha habido vencedores debido a la gran fuerza de los dos adversarios.
Si echamos un breve vistazo a la trama de Don Carlos, la cosa puede prometer. El hijo del rey de España, del poderoso Felipe II, está enamorado de su madrastra la reina. Un amor imposible que es vigilado por el monarca, una celosa Princesa de Éboli y la Santa Inquisición. Todo un culebrón. Si esta historia la hubiera fabulado cualquier autor del siglo XVII, un Shakespeare, un Calderón... seguro que no hubiésemos tenido que padecer los largos parlamentos filosóficos que a este Don Carlos le sobran cada dos escenas o al menos estos estarían dirigidos a un público menos intelectual que el que perseguía Schiller.
Pero la obra está ya escrita y su autor honrado como uno de los dramaturgos alemanes más importantes. Mi reflexión sólo vale para explicar mi pesar, cómo no pude llegar a disfrutar totalmente de la dramaturgia tan bien diseñada por Bieito y Marc Rosich. Un ejemplo de esta: el reino de Felipe II se reduce a un invernadero cubierto de sofocantes plásticos. Es esta la imagen principal bajo la que aparecen decenas de visiones surrealistas que nos ayudan a sentir el hedor de la corte española que crece sobre cadáveres y en la que se respira un aire viciado e incestuoso. Las plantas en pequeños tiestos, el príncipe en una jaula, el agua en blancos recipientes de plástico, la reina y sus damas en encorsetados vestidos. Todo está encerrado, sometido a dos figuras: el rey que se pasea por escena en pantalón de pinzas verde(casual look de rico de provincias) y el Gran Inquisidor con su inevitable parecido a su contemporáneo Rouco Varela (dos grandes aciertos del diseñador de vestuario).
1 comentario:
No digas atrevimiento, di verdad. TODO EL TEATRO (Y LA LITERATURA EN GENERAL) DEL SIGLO XVIII ES UN COÑAZO INMENSO. Y punto pelota.
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